Lo preocupante es que no todas las personas reaccionan igual. Hay quienes tienen un mayor riesgo sin saberlo. Por ejemplo, personas con antecedentes familiares de trombosis, fumadores, quienes llevan una vida sedentaria, personas con sobrepeso, mujeres que usan anticonceptivos hormonales o pacientes con problemas circulatorios previos. En estos casos, el consumo de ciertas pastillas puede convertirse en una bomba de tiempo.
Otro punto que genera mucha inquietud es que algunos de estos medicamentos se usaban para tratar dolencias comunes: dolor, inflamación, control hormonal o condiciones metabólicas. Eso hace que muchas personas nunca imaginaran que algo tan cotidiano pudiera tener efectos tan graves. No estamos hablando de un efecto secundario leve como dolor de cabeza o malestar estomacal, sino de riesgos que pueden poner la vida en peligro.
Las autoridades sanitarias han sido claras al respecto: el retiro no significa que todas las personas que las tomaron sufrirán un infarto o un coágulo. Pero sí indica que el riesgo es lo suficientemente alto como para no seguir permitiendo su uso sin control. En medicina, cuando el riesgo supera el beneficio, la decisión es tajante.