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Uno de los enemigos silenciosos de los riñones es el estilo de vida moderno. Dietas altas en sal, azúcar y alimentos ultraprocesados sobrecargan el sistema. El exceso de sodio obliga a los riñones a trabajar más de la cuenta, mientras que el azúcar en exceso afecta directamente los vasos sanguíneos que los alimentan. Con el tiempo, ese esfuerzo constante pasa factura.

La deshidratación es otro factor clave. Muchas personas pasan horas sin tomar agua suficiente, reemplazándola por refrescos, café o bebidas azucaradas. Los riñones necesitan agua para filtrar correctamente. Cuando no la reciben, la concentración de desechos aumenta y el riesgo de daño también.

La presión arterial elevada es una de las causas más comunes de daño renal. Lo complicado es que la hipertensión no siempre da síntomas claros. Puede estar presente durante años sin molestias evidentes, mientras va afectando poco a poco los delicados vasos sanguíneos del riñón. Cuando se detecta el problema renal, muchas veces la presión alta ya lleva tiempo causando estragos.

Algo similar ocurre con los niveles elevados de azúcar en sangre. La diabetes mal controlada afecta directamente la capacidad de los riñones para filtrar adecuadamente. El exceso de glucosa daña los pequeños filtros internos, haciendo que sustancias que deberían quedarse en el cuerpo se pierdan a través de la orina.

Lo más preocupante es que las primeras etapas del daño renal suelen ser silenciosas. No hay dolor, no hay señales claras. A lo sumo, puede aparecer cansancio, hinchazón leve en pies o tobillos, cambios en la orina o una sensación general de malestar que se confunde fácilmente con estrés o falta de descanso.

Con el tiempo, si no se corrige la causa, el daño avanza. Los riñones pierden capacidad de filtrado, se acumulan toxinas en el cuerpo y comienzan a aparecer síntomas más evidentes: hinchazón notable, fatiga extrema, dificultad para concentrarse, cambios importantes en la orina y problemas de presión arterial difíciles de controlar.

Las imágenes comparativas suelen mostrar un riñón con vasos sanguíneos saludables frente a otro con estructuras colapsadas o dañadas. Esto representa años de hábitos acumulados, no un problema que aparece de un día para otro. Por eso, la prevención es tan importante como el tratamiento.

Uno de los errores más comunes es pensar que solo las personas mayores tienen problemas renales. La realidad es que cada vez se detectan más casos en adultos jóvenes, e incluso en personas aparentemente sanas. El sedentarismo, la mala alimentación y el consumo excesivo de ciertos medicamentos sin supervisión médica están pasando factura.

El abuso de analgésicos es otro punto delicado. Muchas personas toman medicamentos para el dolor de forma frecuente, sin considerar que algunos de ellos, usados en exceso, pueden dañar los riñones. Lo que empieza como una solución rápida puede convertirse en un problema serio a largo plazo.

También influye el hábito de ignorar infecciones urinarias. Cuando no se tratan adecuadamente, estas infecciones pueden ascender y afectar los riñones, causando daños que podrían haberse evitado con atención oportuna.

La buena noticia es que los riñones, cuando se detecta el problema a tiempo, pueden mantenerse estables durante muchos años. Cambios en la alimentación, control de la presión arterial y del azúcar en sangre, una hidratación adecuada y seguimiento médico pueden marcar una enorme diferencia.

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